miércoles, 24 de junio de 2009


Los ojos de Fernanda tiritaban como una luna en el agua al observar el rostro de Miguel que le hablaba con la determinación de quien cree ser dueño del mundo, de pronto él callaba y bruscamente la acercaba a su pecho y se disponía a besarla con vehemencia. Fernanda cedía, imbuida por su fuerza de mar iracundo, no ponía resistencia alguna a ese ser que amaba, ese hombre que había esperado la mitad de su vida y hoy era suyo. Casi por casualidad, lo tenía amarrado con una cuerda transparente, pero infranqueable. A pesar de su rictus serio y su personalidad absoluta, en el fondo despertaban cada cierto tiempo en su interior, atisbos de fragilidad infinita, cuando volcaba en las palabras que le salían a borbotones, su sentir abstruso. Y me dejaba pasmada, pues era a mí a quien se dirigía para explotar ese humano suave que guardaba dentro. Sin embargo, sus interminables soliloquios hablaban de ella. Miguel la amaba también, no sé cómo, pero hubo un momento en que dejó de reír al oír su nombre y de pronto los ojos le rutilaban haciéndole parecer un loco. Deliraba fascinado describiendo sus excentricidades y dibujando en el aire un castillo en su nombre. De un momento a otro callaba y volvía el serio personaje malvado del cuento, simplemente se marchaba con su acompasado caminar característico y me quedaba yo en silencio. Lo veía siempre alejarse con una gracia incomparable, sabía tan bien cómo marcharse, parecía haberlo hecho un millón de veces, parecía ser su único pasatiempo, decir adiós e irse. Fue lo que hizo siempre, fue lo que esperé y esperé sin respuesta, que esa despedida le llegara a Fernanda algún día. La observaba a ella también, pero nunca pude ver atrás de sus ojos, una nube oscura la cubría en el día y la lobreguez de la noche la seguía ocultando al irse el sol. Con el rostro impasible los dibujaba en mi mente, imaginando que tanta felicidad era mía.

lunes, 20 de abril de 2009

¿No?



No entiendo cómo lo haces, cómo logras descontrolarme hasta este punto, hasta que las lágrimas de mis ojos saben dulces, no por la aflicción que me provoca no tenerne, sino por la desesperación que me resulta de que estés tan cerca. Cómo hago para conocerte tanto, cómo hago para sentirte cuando estás cerca, sin siquiera mirarte, conozco tus manos por caricias que mi mente maquina, conozco cada hueco de tu boca por los sueños que dibuja mi imaginación, sé sincronizar mis movimientos a los tuyos, para que en el momento preciso te sientas invadido por mi presencia, siempre busco tenerte tan cerca, siempre huelo tu aura de terciopelo. Revoloteo en tu cuello, cuando estás ausente, camino al resguardo de tu sombra cuando estás dormido, ¡Dios! cuánto anhelo que seas mío, tan sólo que me abraces como únicamente yo en mi mente lo he creado, que me beses con esos besos que para tí yo he inventado. Si probaras un día a mi lado, lo sé... te quedarías, si tuviera que romper todas las reglas para estar contigo, ahora por fin digo que sí lo haría. Con una sonrisa en la cara quebrantaría cualquier parámetro de cordura, pero qué digo, si por ti ya me he sumido en un millón de enfermizas quimeras, estoy atada de pies y manos y hundida en un pozo de luz, estoy sobre espuma, estoy volando, estoy desesperada porque estoy sentada en la esquina más sublime del arco iris y tú no estás. Eres tan suave al tacto en mi imaginación, eres como sólo tú puedes serlo, como sólo tú me haz descontrolado. Y ahora que he llegado al punto culmine de mi insanidad quiero gritarte en la cara que me estás matando, que tu mirada vertiginosa recorriendo mi semblante ruborizado es lo más exquisito que puedes entregarme, que están a punto de explotar las mariposas dentro de mi vientre, que cuando me estás mirando con esos ojos de color indescriptible lo único que podría entregarte es mi contemplación absorta. Eres más que cualquier cosa que puedas imaginar, eres adictivo, eres mi droga preferida, por ti desespero y por ti me calmo. Si siguiera pensando, dejando que mis dedos construyan las millones de palabras que me muero por decirte tendría que anotar tu nombre... tu secreto nombre, que en el fondo sabes. Detrás de esa sonrisa extasiante, entre las terminaciones nerviosas de todo tu cuerpo, lo sabes. Por eso sonríes, por eso me ves con esos ojos. ¡Maldita sea! de nuevo tus ojos, apuesto a que no imaginas lo que pienso de ellos... y si tienes alguna idea, seguramente es muy lejano a lo que de verdad creo. Me gustan, me gustan mucho, ojalá alguna vez los hayas mirado al sol, así podrías saber cómo es la forma en que más me gustan... de hecho, me gusta cómo luces al sol, no te queda bien la noche sobre la piel, pareces más triste, me provocas la sensación de abrazarte y dormir a tu lado... quizás si me guste también cómo luces por la noche, pero sólo si estuvieras conmigo.

Y sigo sintiendo que sé tanto sobre ti, pero de lo que estoy más segura es de que anhelo continuar descubriéndote, viéndote día a día como si fuera el primero, como si jamás te hubiese conocido y tuviera que día a día enamorarme de ti de nuevo, por que estoy casi rozando el límite de esa palabra que me abofetea... Acabaré aquí, pues siento que estoy entregando tu recuerdo y quiero conservarlo, que sea mío por siempre, que no se me escapen detalles, ojalá a veces leyeras mi mente y supieras cómo te guardo en ella, en cada rincón reapareces.

viernes, 13 de febrero de 2009

Creí que podía cargar con la culpa


Los errores son normales, no somos los únicos. Me repetí un millón de veces antes de salir por la puerta de la casa rumbo al hospital. Cuando crucé la puerta del Seattle Grace, advertí que había alguna urgencia, la doctora Montgomery cruzaba a paso ligero el pasillo principal, Alex la seguía casi corriendo, con su característica cara de rudeza y la mueca que delata siempre su terror de interno. Nunca la he olvidado, hacía lo mismo cuando nos acostábamos en la sala de descanso del hospital, gracias a Dios eso se acabó Alex Karev no era mi chico.
Me apresuré cuando ví a Meredith con la doctora Bailey, la nazi, como le apodamos los internos. Meredith escuchó las ordenes y salió presurosa rumbo a una ambulancia que llegaba con gran estruendo. Bailey se dirigió a mi y me dio las tareas del día, teníamos un paciente crítico que esperaba un transplante de corazón y mi tarea era estabilizarlo. Cuando oí esto, me fue imposible no desviar mis pensamientos a él. Denny Duckate, mi prometido. Hace ya casi un año había muerto esperando su transplante de corazón, que nunca llegó. Lo conocí en el hospital, e inevitablemente me enamoré de él.
Pero como una ráfaga desvié mis cavilaciones y procuré centrarme en el trabajo de hoy. Rápidamente me dirigí al ascensor del pasillo dos y ensimismada subí en silencio. En la parada siguiente, subió George.
Me comenzaron a sudar las manos, quise desviar la vista de él, traté como tonta de usar mi mente para que el ascensor fuera más rápido, pero mientras más lo intentaba, tenía la impresión de que el tiempo se estaba durmiendo entre nosotros. George me observaba entre sus pestañas disimuladamente, pero aun así lo advertí y como un despiadado bombardeo las imágenes de nuestro error comenzaron a aflorar.
Ahí estaba, en mi cama intentando dormir, cuando Meredith golpeo mi puerta para anunciar a George que venía de visita. Meredith se marchó, porque creo que Derek, su novio, la esperaba en su habitación desde hace un rato, y así entonces George, mi mejor amigo, entró en mi habitación con el rostro caracteristico de sus decepciones y una botella de whisky en una mano. -¿Me acompañas?- preguntó, y ante su pena evidente no pude negarme a una borrachera para desahogarse. Me habló sobre sus discusiones incesantes con Callie, su esposa. Y me sorprendió que el motivo de sus malos entendidos, fuera yo. Izzie Stevens, la culpable de los celos de Callie Torres. Entre el desconcierto y la ebriedad, sólo nos reímos. Pero esa risa descontrolada dio paso a un silencio casi aterrador, George se acercó peligrosamente y como en un álbum fotográfico, tengo cada imagen de esa noche grabada en mi memoria indeleblemente. Excedimos los límites de la amistad y se transformó mi cama, en el sabor más dulce que he probado, cuando en ese momento entendí por qué nunca estuve de acuerdo con el matrimonio de George O'malley, siempre había estado enamorada de él. Y ahora entre las sábanas él era mio, olvidando la vergüenza de que en su departamento lo esperaba su mujer.
Cuando al fin decidí mirarlo a los ojos, él ya se había acercado un poco. Una diminuta lágrima rodó por mi mejilla cuando hice el esfuerzo de cumplir nuestra posterior promesa, resonaba como campanas en mi cabeza. Callie nunca se enteraría de esto, lo ocultaríamos como un secreto de amigos, nada volvería a ocurrir entre nosotros. George me lo repitió mil veces, fue el whisky, fue un error, somos humanos.
Por más que lo intenté no pude negarme a autorizar que la mano de George enlazara mi cintura. -No me hagas esto, por favor- le pedí. Cuando él me hizo jurar que cumpliría esa promesa, también se enteró que lo amo.
Él pareció no escuchar mi suplica y acercó su rostro al mio, dejando que la simetría de nuestros perfiles jugará en contra de mi voluntad.
Me besó, lo hizo como aquella noche. Esa pasión no podía ser tan falsa, el whisky no trae un par de corazones que laten. Me abrazó eufóricamente, como si fuera la despedida más amarga de la vida, pero su beso fue extasiante, sólo nos desconcentró el pitido del ascensor que avisaba su llegada al piso ocho. Nos alejamos casi como en un común acuerdo y en silencio procuramos ser actores de primera y esconder todo bajo la piel. La puerta se abrió bruscamente y con una sonrisa ingente, Callie esperaba en la salida. -George, te estaba buscando- dijo alegremente, y ambos se marcharon juntos hacía el área de traumatología. Yo caminé hacía la unidad de cuidados intensivos con una culpa aún más pesada sobre los hombros y el negro escenario de tener que salvar un corazón roto, que no era precisamente el mio.

lunes, 1 de diciembre de 2008

Indeleble


Te apareces a cada segundo,

en cada letargo de mi vida,

y así tu recuerdo renace incansablemente.

Cuando está todo en orden

y escucho tu voz, reapareces.

Aun cuando cierre los ojos te veo

y en un destello de luz me encegueces,

aunque intente perpetuar la calma

que construí cuando te fuiste,

una palabra tuya

remece el lago sereno de mi existencia,

acaba con la dicha de olvidarte

y oscurece el día travieso de mi remanso.

Ufanaba del logro de no tenerte

cuando volviste corrompiendo el día,

destruyendo los sueños,

imponiendo tu impronta sobre mi voluntad

y aclamando el amor que quemamos un día.

No hay otra historia que contar,

sino la única revelación ante mi pena,

que es la imposibilidad de borrarte,

la incapacidad de largarme,

la inutilidad de mi odio

y la ineficacia de mis mentiras

en el intento de acabarnos.