lunes, 1 de diciembre de 2008

Indeleble


Te apareces a cada segundo,

en cada letargo de mi vida,

y así tu recuerdo renace incansablemente.

Cuando está todo en orden

y escucho tu voz, reapareces.

Aun cuando cierre los ojos te veo

y en un destello de luz me encegueces,

aunque intente perpetuar la calma

que construí cuando te fuiste,

una palabra tuya

remece el lago sereno de mi existencia,

acaba con la dicha de olvidarte

y oscurece el día travieso de mi remanso.

Ufanaba del logro de no tenerte

cuando volviste corrompiendo el día,

destruyendo los sueños,

imponiendo tu impronta sobre mi voluntad

y aclamando el amor que quemamos un día.

No hay otra historia que contar,

sino la única revelación ante mi pena,

que es la imposibilidad de borrarte,

la incapacidad de largarme,

la inutilidad de mi odio

y la ineficacia de mis mentiras

en el intento de acabarnos.

sábado, 29 de noviembre de 2008



Qué puedo hacer yo, tan vulnerable a tu piel, inconcebiblemente adverso a mi imaginación abstrusa has tocado en un segundo el más recóndito lugar de mis respiros, yo sé que entiendes lo que mi corazón quiere decir cuando me miras así a los ojos, únicamente suave, eres sólo brisa y eres sólo ocaso, cuando enredados en un estúpido flagelo de incontinencia emocional nos separamos irrevocablemente, cálido y tan puro en la simpleza de un abrazo arrancamos del entorno incomprensible, faustos de latidos que corren a prisa. Como siempre es mi oído en tu pecho el que conoce el sentir de tu interior frágil, es así mi boca siempre la que se acerca a ti encantada y temerosa, para no concretar jamás el sí de amantes, para nunca confirmar el te amo que seguimos ocultando. A tus ojos, a los mios, a los de las luciérnagas que nos observan seguimos siendo un amor de risas, una mentira graciosa, se nos continúa desbordando el cariño y espero contenerlo antes que derrumbar las ilusiones del cielo.

lunes, 10 de noviembre de 2008

Sólo un beso prolongado


Me inspirabas, me atraías a tu regazo tibio, intuías mi llegada y esperabas en la puerta con los brazos dispuestos, me embriagabas, de deseo constante y de ciego amor perpetuo, no eras nada más que puras caricias, no fuiste nunca algo más que suaves besos, inconsciente, pero despierto esperabas en la cama con la mirada ardiendo y las manos desatadas. Más nunca me hablabas de frente, en tu lenguaje abstruso jamás dijiste te quiero, acomodabas tu lengua en mi boca y por inercia o coraje la movías irresistiblemente, nunca para articular palabras. Te miro ahora, cuando el pasado es más claro, cuando las nubes emigraron al sur y disiparon tus torrentes de fuego. Ahí estabas de pie, junto a la puerta, parco y con el libido rebosante, en tu lacónico saludo con el cuerpo delirante, extasiado de ternura y envuelto en el silencio sepulcral que conocí después de irme.

sábado, 13 de septiembre de 2008



Ella sentada, esperaba impaciente que el reloj diera las doce, el instante preciso para levantarse de su pupitre, correr disimuladamente hacía su profesor, atraparlo en una mirada y complacer su deseo de amarlo secretamente, era el momento de despedirse, el único momento en que podía acercarse todo lo que quisiera y besarlo en la mejilla ingenuamente para marcharse sonrojada y feliz.


Antes de lanzarse a la segura revolución de sus sentidos, Emilia no pudo evitar el cliché de repasarse el brillo labial, y así emprendió la travesía que tanto esperaba cada viernes. Con el caminar coqueto que la carectirizaba se acercó.



- ¡Chao profe! - dijo, casi como no prestando atención a su corazón que latia a prisa y se inclino para besarle la mejilla lentamente.



- Emilia, espera - dijo Manuel, su profesor, cuando ella ya disponía a alejarse tristemente. Él se le acerco algo timido, su semblante parecía el de un adolescente enamorado, con la mirada temblorosa se había quitado unos veinte años de encima y parecia compartir su exquisita complicidad con el mundo, no le importaba decirle a la vida que estaba sintiendo un amor infinito por esa chica de dieciseis años.


Posó su mano de hombre en la cintura de Emilia, la acerco sutilmente a su cuerpo y comenzó su confesión abstrusa de sentimientos deliciosos. Emilia lo observaba atónita, hace tanto tiempo amaba escondida a su profesor de literatura que ya casi no recordaba cuando había dejado de pensar en sus compañeros de curso como posibles novios. Ella amaba su impronta de hombre, estaba hechizada de su encanto maduro, de su aroma de experiencia, adoraba sus ojos grises, su voz imponente, ¡amaba su vida!, Emilia quería tanto la vida, que no podía evitar venerar sus cuarenta y seis años de existencia. La confusión dentro de ella parecía ir en aumento, ¡estaba frente a él!, lo que tanto había deseado todo este tiempo, que el correspondiera su pasión juvenil, Manuel la estaba abrazando, estaba mirandola a los ojos, diciendole que sentía lo mismo que ella, estaba acercandosele a los labios y no le importaba que todo el tercero medio del colegio estuviera mirandolos embobados, a su al rededor veía difusas las siluestas de sus compañeros, escuchaba los interminables murmullos, veia sus caras de sorpresa, sus alaridos estridentes le retumbaban en la cabeza, no sabía que hacer. Estaba ahí entre sus brazos, ¡besandolo!, ante el mundo, ante la verguenza, ante la inmoralidad que eso significaba. Pero no importaba nada en el universo en este instante, eran ellos dos, únicos, como solos, detuvieron el tiempo por cinco minutos en los que se encadenaron sus sabores y se amaron efímeramente en un beso tierno.




Emilia no entendía nada, a pesar de lo que acababan de hacer nadie parecia más sorprendido de lo común, a nadie parecia importarle que él era el profesor de literatura y ella su alumna desde hace tres años, pasó un poco más que inadvertido, se escucharon simplemente unos alardes típicos de cuando se descubre una pasión, se escucharon algunos rumores, algunas conversaciones que parecian de conventillo y nada más.




-¿Me estaré volviendo loca? acabo de besar al hombre de mis sueños, acabo de tenerlo mio, quiero gritar, pero todo está tan calmo, todo está tan quieto que me abruma este silencio.- pensaba Emilia, mientras Manuel salia de la sala y ella quedaba con su exquisito aliento entre la piel, estaba impregnada de él, embriagada de su furia amorosa, jamás le habia latido el corazón tan rápido, sentía fuego en el vientre, sentía como se le fundía la piel, sus pies casi no tocaban el suelo y en cualquier momento podría vomitar flores, estallar de dicha, morir en silencio por ir más allá de este mundo, solo por la inmaculada alegría que estaba sintiendo.




Sus amigos ni se le acercaron, parecia que Emilia tuviera un aura que la protegia de la vida, estaba rodeada de amor, la protegia una burbuja rosa que irradiaba consuelo, nadie se le podía acercar y quien lo intentaba quedaba hipnotizado con su sonrisa, con su energía, caía quizás al suelo en un desplome de algodon, suave, se desmoronaba de este mundo gris con la serenidad de la primavera, se ahogaba en un mar dormido, algo hacía que simplemente se alejara extasiado de ella y le brotara un sol radiante en el rostro.



Continuará...