lunes, 23 de noviembre de 2009

Tormento en flor


Cegados por las estrambóticas luces de colores, Josephine y Amaro se habían relegado a un rincón de la casa; era el cumpleaños de Flora, compañera de universidad de ambos. Habían asistido por simple cumplimiento del deber, pues la amistad que ella les profesaba no era realmente recíproca, para ellos, Flora no era nadie. Extrañamente desde hace años se tenían el uno al otro y poco les importaba hacer nuevas amistades, ni conocer gente, menos compartir sus vidas con alguien más. Sólo ellos dos y su intimidad terriblemente oscura, pues a pesar de ser solamente amigos, más de una vez alguna situación había pasado a mayores y terminaron retozando en alguna de las habitaciones de la gran casa que compartían. Lo cual parecía no cambiar el curso de sus vidas, pues podían hacer locamente el amor una noche y a la mañana siguiente parecía que nada había cambiado.
En el rincón, Amaro sacó un cigarro de su bolsillo y ofreció otro a Josephine, al encenderlos, la claridad de la llama iluminó sus rostros, enfrentados como maniquíes sin expresión, ella lucía unas moradas ojeras desde la mañana, el maquillaje no las había disimulado en absoluto, desde hace días dormía poco y se mantenía en pie con una gran cantidad de litros de café muy cargado, Amaro la observó y sonrió, pensando en cómo se había dejado convencer por ella para asistir a la terriblemente aburrida fiesta.
-¿Quieres irte?- preguntó amable, fijando la mirada en su rostro pequeño y cansado.
-Deberíamos quedarnos un rato más…- se excusó, expulsando pausadamente el humo del cigarro desde su boca.
-Mírate Joss, no me obligues a sacarte de aquí porque sabes que lo haré.
-Bien- accedió ella refunfuñando y se puso de pie, salió de la casa sin despedirse y esperó afuera, en medio de la fría noche, que Amaro se excusara por su partida. Tras un par de minutos él también salió.
Decidieron caminar, pues ya avanzada la noche, muy difícilmente encontrarían un taxi por las calles, más de quince cuadras los separaban de su casa. Era marzo, los aquejaba el típico fenómeno de los días cálidos y las noches frías, habían salido cuando aún estaba claro y Josephine sólo vestía una polera delgada, se estrechó al torso de Amaro y caminaron abrazados y en silencio mucho tiempo.
El sonido inconfundible de tacos en el asfalto les llegó desde la lejanía, pero paulatinamente el eco se fue acercando, las pisadas acelerando, en un momento casi pareció que alguien corría tras ellos, aproximándose atrevidamente. Amaro se volteó intempestivamente. Pero no vio más que a un perro que los seguía en silencio, con un trote gracioso y ligero.
-¿Oíste los pasos verdad?- interrogó él a Josephine, levantando una ceja y apretándola aún más contra su cuerpo, se había sobresaltado.
-Sí y muy cerca- respondió y se volteó también, cerciorándose de que nadie los seguía, excepto el perro claro.
No prestaron mayor atención, a pesar de que él comenzó a chequear los alrededores de vez en cuando, indagando en los rincones oscuros, reparando en los sonidos extraños; pero no escuchó más que grillos, susurros, música y autos, y no vio más que soledad y negrura.
Al llegar a casa, entraron juntos, pero ella se percató de que el perro aún los seguía y se había quedado sentado junto a la puerta cuando ellos la cerraron, entonces avisó a Amaro que saldría un momento y llevó un plato repleto del alimento del gato para dárselo al peludo amigo que la esperaba fuera.
Mientras, dentro de la casa, Amaro se quitaba la chaqueta con lentitud, de pronto se sintió muy cansado.
Escuchó un horrible y desesperado grito femenino desde el exterior, su cabeza se completó de turbios pensamientos cuando cayó en la cuenta de que Josephine estaba afuera, el corazón se le aceleró hasta el punto en que creyó oírlo sin dificultad, un asfixiante nudo le constriñó la garganta. Con premura salió corriendo en su auxilio. Desde el umbral de la puerta observó la escena: nada.
-¿Joss? ¿Joss, dónde estás? ¿Josephine?- preguntó varias veces sin conseguir respuesta, esa era la escena, vacía. El lugar donde debía estar ella y el melindroso perro estaba vacío. Ni huellas, ni sombras, ni olores, ni sonidos. Nada.
Se aproximó un par de pasos más lejos de la casa e investigó el entorno con una mirada exhaustiva, continuaba acelerado, nervioso por la desaparición de Josephine.
-¿Joss?- repitió por última vez con voz muy débil.
De un golpe seco, la puerta se cerró a sus espaldas.
-Amaro…- oyó como un susurro en su hombro. Se movió torpemente, girando para ver la puerta cerrada y luego haciéndolo otra vez para enfrentar a quien farfullaba en su oído. Nuevamente, nada.
-¡Ya basta, no es gracioso!- vociferó colérico, pero aún más nervioso; una gota de sudor inoportuna atravesó su rostro, una gota redonda y brillante. Sus sentidos terriblemente alerta percibieron el tic tac de un reloj, ciertamente comprendió que no estaba solo y aquella compañía no era Josephine jugándole una broma. No había traído las llaves con él, no podría volver a entrar a la casa y su amiga se había esfumado. ¿Qué debía esperar ahora?
Se quedó paralizado, ningún plan podría urdirse en su cabeza estando así de asustado. De pronto sintió que una mano se le deslizaba por la espalda, un aliento álgido se le colaba entre la delgada camisa que llevaba puesta, sus músculos rígidos se entumecieron aún más, un recogimiento en el estómago y el pecho le hicieron olvidarse de sí mismo, todo su ser se concentraba en aquella presencia que lo rodeaba, todo su temple que se empequeñecía conforme pasaban los tensos minutos y no había un clímax horrible como el que esperaba.
De pronto, sin aviso previo, un brazo le apretó el cuello, constriñéndolo cada vez más y más fuerte.
-¡Y a ti quién te dijo que podías irte de mi fiesta!- gruñó la voz a sus espaldas.
-Flo…- susurró Amaro y cayó asfixiado al piso.

viernes, 13 de noviembre de 2009

Confesión de último día

We drink the tears of sky, with our trembling mouths; between earth and grey clouds...



Hablamos, intempestivamente vomitamos las palabras a fin de decirnos lo que nos aquejaba, gritamos en nuestros interiores, colapsados por la ira de nuestra propia distancia, acalorados de ese ardor incompetente de desnudar los sentimientos, un torbellino de caricias con la mirada, hablamos como dos inverosímiles suicidas, sabiendo que se nos acababa la vida con cada palabra, nos tiritaron los ojos, cuando ya no pudimos desmentir que las lágrimas eran por el otro, nos temblaron las manos, cuando intentamos tocarnos con indiferencia y naufragamos. Arrastrados por la marea de una despedida, ahogados por los pensamientos que ambos sabíamos y no podíamos decir, no porque la voz se nos apagara con el dolor que sentíamos, sino porque el dolor era tan fuerte que la voz misma de una confesión lo atizaría hasta consumirse.

jueves, 12 de noviembre de 2009

Retener el corazón

Y lloraba desesperada, pues no sabía retener el corazón en su pecho, lloraba porque sentía que con él se iban partes de su vida, le dolían los minutos, los segundos se le incrustaban en la piel, arrancándole lágrimas aún más dolorosas. Se paró frente a una ventana y apoyó su cabeza contra el vidrio, miró a través de ella sin ver lo que había en la proximidad, pues sus ojos se tornaron a un recuerdo, una lágrima redonda y brillante como perla se le soltó bruscamente, una lágrima ardiente que le quemó el rostro cuando atravesó su mejilla. Escarbaba insistente en sus memorias, rescatando los destellos en que él se aparecía, atesorándolos así juraba nunca dejarlos, se prometía repasarlos en su mente hasta el hastío. No lo olvidaría. Volvió a llorar, la salinidad de la lluvia de sus ojos seguía irritándole la piel del rostro, una molestia incomparablemente diminuta al lado de la revolución violenta de amores que tenía dentro.
-Ya no verás sus ojos, ya no estará tan cerca, se habrá ido y apenas sentirás que lo conoces, pues el tiempo no tiene precio a su lado, no te sonreirá en las mañanas, no te saludará a cada momento, te quedarás en un recuerdo fugaz, te olvidará como dejó el atardecer cada día, cuando no miró la luna diáfana en que tú pensabas, se irá perdiendo en la distancia, se irá quedando en el pasado, porque el futuro que piensas con él no existe, porque eres una en millones- murmuró abatida en sus pensamientos.
Siguió mucho tiempo apoyada en la ventana con la mirada perdida, horas que perdió llorando, horas que no volverían, horas en las que podría haberlo buscado para decirle de una vez cuánto lo quería, horas en las cuales le podría haber confesado que estaba enamorada, si supiera. Si ella supiera que él lloraba en otra ventana pensando en cómo conquistarla.

viernes, 30 de octubre de 2009

Perpetuo calificado

En el último cuarto de la gran casa, donde las cortinas aún no se abrían, ni el sol penetraba esplendoroso, dormía Amanda enroscada como una crisálida entre las sábanas blancas; buscaba inconscientemente, tanteando con su mano, el cuerpo de Vicente, que la noche anterior se había dormido junto a ella. Cuando su onírica indagación al fin fracasó, comenzó lenta y tristemente a abrir los ojos, como quien se decepciona antes de saber porqué lo ha hecho.
Curiosa paseó la mirada por la habitación, encontrándose sola. Entonces se deshizo de las sábanas que la envolvían y se levantó. Al enfrentarse al espejo que había frente a la cama observó con esmero su cuerpo desnudo, acariciándose los muslos, como si eso le diera un nuevo impulso a sus pasos de princesa. Se encaminó gozosa repitiendo en su mente que no había mujer más hermosa que ella.

-¡Amanda!- exclamó Vicente cuando la vio entrar a la cocina. Impresionado por la transparencia de su piel retuvo el aliento unos segundos; momentos en los cuales se detuvo punto a punto en ese cuerpo que le pertenecía. Reparando en las azulosas venas que le recorrían con gracia las muñecas, trastabillando en las delicadas líneas del contorno de sus pechos, mareándose en el huracán de su cintura que desembocaba en el olimpo.
-¿Por qué no me despertaste?- preguntó ella sin dar mayor importancia al rostro embelesado de Vicente. Sabiendo que tenía el perfume del éxtasis impregnado en el cuerpo.
Él se acercó sin mediar explicaciones, sin despegarle los ojos de encima, como un lince caminó hacia ella sigilosamente. Amanda, que se sabía fatal no hizo más que adecuar su silueta a Vicente para que él sintiera cómo se deshacían las uniones nerviosas en su interior, uniéndose luego todas con un solo propósito: quererla. En el preciso instante en que ella había entregado su voluntad al amor, una brisa fría entró desde la ventana abierta contigua a ellos. Vicente la percibió inmediatamente, imposible no hacerlo cuando los sentidos están tan alerta.
-¡Maldita sea! ¿No te das cuenta?
-¿Qué pasa ahora?- inquirió Amanda, asustada por la sobre reacción de Vicente.
-La ventana… te están mirando- explicó él secamente.
Corrió a cerrarla, pero la sutileza con la cual acariciaba a su mujer había desaparecido, quizás huyendo por la misma ventana abierta.
-¡Ve a vestirte!- ordenó enajenado.
Ella aún con su calma de princesa obedeció, no era la primera vez que le gritaba, no era la primera vez que se exaltaba de aquella forma, ni era la primera vez que ella acataba sus mandatos con tal paciencia. Casi desaparecía de la cocina cuando Vicente nuevamente vociferó su nombre y la atrajo a su lado.
-Es la última vez que me haces esto…- pronunció entre dientes, y tomó su pequeña cara con una sola mano, apretando su mandíbula de forma violenta, sin medir la fuerza que ejercía en su blanca piel, terminó por dibujar sus dedos en simétricos moretones en cada una de sus mejillas. Ella no se defendió, apenas le corrió una lágrima que se secó tan pronto como Vicente la soltó.
-¿Qué haremos hoy?- preguntó Amanda antes de marcharse de nuevo a la habitación, tan serena como si nada hubiese ocurrido.
-Elige tú preciosa, podemos ir por las joyas que te prometí o por el jeep que me pediste anoche antes de hacer el amor.
-El jeep- dijo ella revolviendo los ojos, recordando el instante perfecto cuando aquello ocurrió.
-Eso te costará caro cariño.

Al cabo de veinte minutos apareció Amanda vestida de riguroso negro, deslumbrante, sobre unos imposibles tacones aguja y con un cigarro encendido en la mano.
Vicente se entretenía hurgando en su modernísimo celular, pero cuando la vio no pudo evitar abrir los ojos como platos.
-Que sea rápido- dijo Amanda, tomando las llaves de la casa e introduciéndolas en su bolsillo trasero.
No solían hablar mucho cuando un plan ya estaba trazado, pero esta vez, especialmente guardaron silencio, pues era sin duda uno de los robos más grandes que se habían propuesto realizar. El jeep lo había visto Amanda hace cuatro semanas exactas, cuando caminaba por Avenida Pedro de Valdivia a tomar el autobús, un Land Rover color plata del año. El sueño inmaculado de su enfermiza ambición.
Mientras, Vicente repasaba en su memoria cada uno de los pasos que había tramado. Como siempre, Amanda sería el objeto, la carnada y el escudo. Uno de los tantos precios que debía pagar por ser una princesa, o al menos por parecerlo.
-¿Qué tan caro?- preguntó Amanda con la voz destemplada.
-¿De qué estás hablando?
-Dijiste que esto me costaría caro…
-Mientras menos sepas será mejor- respondió muy áspero.

Ya en la puerta de la enorme casa se miraron de reojo, ninguno sabía bien qué hacer, o más bien Amanda no conocía el plan y Vicente no deseaba comunicárselo. Entonces, cada uno por separado actuaría a favor de sus intereses, se distrajeron un minuto y olvidaron qué tan fundamental era la coordinación de sus movimientos. El fracaso ya estaba encaminado.
Ella, diestramente saltó la reja, con tal sigilo que cayó graciosamente sobre los tacones al otro lado del portón. Sacó una orquilla de su cabello y nuevamente con la presteza extraordinaria que le otorgó la costumbre, abrió sin problemas la puerta para que Vicente entrara junto a ella.
-Como siempre- dijo él.
Amanda entendiendo el mensaje al instante supo que debían actuar con delicadeza.
-Como siempre…- repitió Amanda y comenzó a caminar en dirección al jeep, que ya había divisado desde la entrada.
Sin embargo, Vicente no resistió la tentación cuando observó una puerta lateral de la casa abierta. Se dirigió a ella, embobado por los truculentos planes que se enredaban en su mente. Entró haciendo mucho ruido, excitado por el panorama fácil que se le revelaba. La casa absolutamente sola. Una gran sala se extendió delante de él cuando atravesó la cocina y otra vez estupefacto por su descubrimiento hizo gran jolgorio, volteando una mesita pequeña y tirando violentamente los cables del teléfono hasta desconectarlos.
-¡Quédate ahí o te mato!- gritó una voz turbada amenazándolo.
Vicente se paralizó cuando observó que un hombre de unos cincuenta años lo apuntaba decididamente con un revolver, directo a la cabeza.
-¡No te muevas dije!- volvió a repetir, cuando advirtió la intención de escapar de Vicente.
Mientras, afuera Amanda ya había forzado la puerta del jeep y se encontraba sentada con las manos al volante esperando que Vicente saliera por ella.
Vicente se vio sin salida alguna y echó a correr desesperado, el hombre dentro disparó sin reparo alguno, alcanzándole apenas los talones.
Amanda alarmada echó a andar el motor y puso marcha atrás, con tal de salir rápido del lugar pasaría incluso por sobre el portón.
Vicente subió al jeep con premura y tras de él los disparos no cesaban.
-¡Rápido! ¡Vamos, vamos!- instaba a Amanda.
Ella nerviosa miró a su alrededor y atinó a poner reversa con peligrosa rapidez, pero en el momento exacto que lo hizo, una bala entró por la ventana del copiloto. Vicente se cubrió impresionadísimo, con el corazón escapándosele por la boca, miró caer los trozos de vidrio sobre sus pantalones y luego sintió un impacto que venía desde su espalda. Pensó en que había sido alcanzado por el proyectil, pero el impulso que recibió con el golpe lo hizo alertarse aún más y aliviado advirtió que se encontraba sano y salvo, solamente habían chocado contra la reja.
-¡Muévete, podemos derribar el portón! ¡Muévete maldita sea!- ordenó enajenado.
Notó que ya no se movían, no hacían presión sobre la reja y entonces miró a Amanda.
Ella con enormes ojos lo observaba, cada línea en su rostro de pronto pareció exageradamente cerca, como si el horror se le hubiese implantado en el alma, su expresión desesperada se le hizo punzante, doliente, Amanda era una herida abierta en su pecho. Vicente se retorció en el asiento, pegándose a la ventana rota, incrustándosele un par de vidrios en la espalda.
Amanda se desplomó, una bala le había atravesado el cuello.